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Revista Siempre, 15 de mayo de 2005, n. 2709
http://siempre.com.mx/muria2709.htm
En tiempos de individualismo
Profesionistas con sentido social
Por: José M. Murià
Guadalajara.- Son tiempos de aguzado individualismo: cada quien para su santo. Incluso, lo que antaño se veía bien, como era la llamada “preocupación social” y acciones de ayuda a los más necesitados, ahora se tachan de “populismo” y se descalifican. Así ocurre con algunas de las acciones de López Obrador y con las pocas personas que continúan esgrimiendo deseos de contrarrestar problemas de los que menos tienen.
Los gobiernos de la República desde hace al menos tres sexenios, pero mayormente el actual, se han preocupado lo menos posible por acciones en favor del pueblo. De hecho, esta es una palabra que ha desaparecido por completo del lenguaje político. Frases como “la voluntad del pueblo” se antojan ahora piezas de museo. La misma Iglesia católica ha reducido sus acciones de “caridad”, que era justamente su manera de entender lo que se llamaba “el compromiso social”. Por todo lo que tiene de socialista, en este mundo monopolar la palabra social parece haber desaparecido del diccionario.
En consecuencia, más me llamó la atención trabar contacto, como lo hice en Tijuana, con una “plataforma de profesionistas y técnicos” regida por los principios de La Luz del Mundo y marcada abiertamente por la “solidaridad social”. Supongo que los yupies dirán que son ideas arcaicas y superadas, pero el caso es que participar en una reunión de la dicha plataforma me recordó principios morales esgrimidos antaño por mi Universidad de Guadalajara. Entonces se recordaba incesantemente a sus estudiantes y egresados que, a pesar de sus limitaciones, constituían un grupo privilegiado que había logrado alcanzar las aulas de educación superior, a diferencia del mayor conglomerado social que, por angas o por mangas, debía suspender su escolarización antes de tiempo y saltar a la palestra de la vida con menos armas que los profesionistas.
Hago un paréntesis tan sólo para informar a los profanos que la Luz del Mundo es una ecclesia cristiana, de enorme pujanza en los últimos tiempos, que tiene su sede principal en Guadalajara. Precisamente en un barrio conocido como La Hermosa Provincia se yergue un enorme templo con capacidad de alojar a 12 mil personas sentadas y en sus inmediaciones reside su director y el meollo de la organización. Año con año, al mediar el mes de agosto, hacen su arribo miles de peregrinos de este credo procedentes de todo el mundo, lo cual, dicho sea de paso, derrama una muy buena cantidad de dinero en la ciudad.
Independientemente de la cuestión meramente doctrinal, dicho credo se caracteriza por la obligación de ayudar al prójimo. De manera que no debió sorprenderme que una plataforma que reúne a sus feligreses más capacitados deba de regirse precisamente por el mismo principio. Un hermano con problemas significa un problema para todos, palabras más, palabras menos, reiteran una y otra vez.
Me felicito de haber podido compartir la sal y el pan con tal organización y agradezco que hayan escuchado mi “prédica” con tal atención y respeto, a pesar de mis discrepancias.
Bien puede decirse que el respeto al derecho ajeno es la paz.
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Una luz por todo el mundo. Por José María Murià
(Mural, 7 de abril de 2005)
In memoriam Araceli Ibarra, precursora de tales temas y muchas otras cosas.
De la Hermosa Provincia tenemos noticia los tapatíos desde hace mucho. Pero la verdad es que crecimos con una visión muy deformada que nos inculcaron, no obstante que emergían datos alentadores sobre la buena salud de sus pobladores: niveles de educación mayores que en otras partes, la seguridad de bienes y personas, etc. En conjunto, un cúmulo de cualidades que anhelábamos para nuestra sociedad.
La curiosidad fue haciendo mella y, un buen día, tuve la fortuna de poder alentar uno de los primeros estudios revestidos de seriedad académica que se hicieron sobre esa comunidad. Con este trabajo aprendí que se trataba de una grey esencialmente respetuosa y respetable. Una feligresía que sabía sacar la coraza ante las agresiones externas, pero de naturaleza pacífica y deseosa de vivir en paz.
Eran los últimos años de la década de los sesenta. La Hermosa Provincia era todavía pequeñita, pero la pujanza se le echaba ya de ver. Lo que nunca sospeché es que fuera tanta.
Un primer síntoma perceptible por todos es la erección de la enorme iglesia con capacidad para 12 mil personas sentadas; otro, el descubrimiento de sucursales en otros lugares de México y los conglomerados que en los meses de febrero y específicamente agosto logra reunir.
Los años pasan y la rueda de la fortuna me lleva un buen día hasta un recóndito sitio, frente al Estrecho de Magallanes, en el mero sur del continente americano. Se llama Punta Arenas, en Chile. Recorro la población y, en una apartada calle me encuentro un modesto inmueble que se anuncia como "La Luz del Mundo". No resisto la tentación y entro. En efecto: se trata de una pequeña iglesia del credo que, con el mismo nombre, tiene su sede principal en Guadalajara.
No deja de resultar impresionante hallar a más de 10 mil kilómetros del Valle de Atemajac una reminiscencia de tanta vitalidad. Creo que cualquiera hubiera sucumbido a la tentación de querer saber más sobre la expansión por el mundo de la dicha Luz.
No tuve que tocar a las puertas de la comunidad pues se abrieron solas, haciendo gala de una hospitalidad que mucho la enaltece. En consecuencia he ido metiendo mi nariz en el meollo mismo de La Luz del Mundo. Me interesa y admira el complejo fenómeno social, me apasiona su difusión por doquier, respeto un credo que se practica con honradez y agradezco la comprensión que se mantiene siempre por el mío.
He tenido, asimismo, oportunidad de visitar La Luz del Mundo en muchos otros lugares de Centroamérica, de España, de Estados Unidos, de Francia, etc. He tenido también la feliz posibilidad de saludar y conversar en Guadalajara con delegaciones de casi todo el mundo. Lejos estoy de conocerlas todas, es evidente: se habla de más de 850 iglesias grandes y pequeñas esparcidas fuera de México, además de no sé cuantos centenares dentro de nuestro país.
¿Se puede negar la importancia y la trascendencia de dicho movimiento religioso? En consecuencia emerge la curiosidad por conocer al director de tan importante empresa, a quien he tenido la oportunidad de saludar en persona. De ahí que me llame la atención principalmente su capacidad de ser espontáneo, sin perder de vista que se mantiene atento a todo lo que sucede a su alrededor y hace gala de una enorme capacidad de percibir y corregir prontamente todo lo que no es debido. No pierde la sonrisa para "desfacer entuertos", pero no por ello mengua la energía necesaria. Difícil es hallar una combinación tal de firmeza con dulzura.
Samuel Joaquín Flores nace precisamente un 14 de febrero, el mismo día de la fundación de Guadalajara. ¿Será una trapacería más de la fortuna para quien habría de convertirse en patriarca de una comunidad que tiene su principal asiento en esta ciudad?
No vivió siempre en ella. Salir a correr mundo resulta muy necesario siempre, máxime cuando se habrá de ser el líder de una fraternidad que llegará tan lejos; pero, además, Samuel Joaquín ha volado con sus lecturas por todas partes: la instrucción resulta una fuente de gran riqueza para su función.
Ha encabezado La Luz del Mundo desde hace cuatro décadas, después del fallecimiento de Aarón Joaquín, su fundador, y ha logrado que el credo se proyecte de una manera extraordinaria. Mucho me sospecho que constituye una de las feligresías de mayor crecimiento en el mundo contemporáneo, lo cual hubiera resultado imposible si no se contara con las grandes dotes de organización, lo mismo de Samuel Joaquín que de quienes él mismo ha seleccionado para desempeñar funciones capitales.
No resulta fácil mantenerse cuatro décadas desempeñando tantas y tan intensas labores. Ello nos habla de una energía excepcional, pero también de una enorme vocación de servicio a la comunidad y de entrega a las causas que defiende y el credo que las sustenta. Se trata, en fin, de un hombre admirable.
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